Adelanto #3 de “Por un scrum popular” – Mi introducción al libro

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Entre los tantos miedos que pueblan mi vida, el miedo al trabajo mecánico es sin duda uno de los que me acompaña hace ya décadas. Tal vez producto de mi ansiedad y neofilia, camino por el mundo buscando novedad, cambio y sorpresa. Cuando Tobias me preguntó si quería traducir The people’s scrum al castellano, dudé y, lo admito, sufrí por un rato. En términos de mi camino en el mundo de la agilidad, me crié de la mano de Tobias y sus ideas. Durante varios años maduré conceptos (y por suerte descarté otros tantos) luego de revisarlos con él, escuchando, siempre sorprendido, sus ideas sobre el mundo. Ahora me tocaba devolver tanta generosidad, tantos años de consejos, realizando una tarea (¡el horror!) mecánica. Por suerte acepté. El favor me lo hice, sin duda, a mi mismo. Traducir este libro fue volver a mis fuentes. Una excursión trepidante a la mente de mi mentor, llena de energía, ideas y, por suerte, contradicciones.
Ahora, yo si fuera usted, lector inquieto, me estaría preguntando en este momento cómo demonios puede convertirse un trabajo aparentemente mecánico en una excursión trepidante. Exploremos, pues. Tobias, tal vez a sabiendas de mi pánico a la repetición, me aclaró que deseaba que yo sea coautor de esta versión ¿Intrigante, no? ¿Qué vendría a ser el coautor de una traducción? Ni él ni yo lo sabíamos, pero Hillary, nuestra editora, aceptó la caminata por terreno neblinoso y arrancamos a caminar. Propuse en seguida no pensar en esto como una traducción, sino como una “variación lingüística”. Me encantan los términos grandilocuentes.

Obertura

Como buen pastor de estos bueyes, creo firmemente que la acción precede al pensamiento. Hago, luego aprendo. O sea, empecé a traducir, sin rodeos, a fin de romper la inercia. Arrancar, cuando uno se encuentra en la más completa quietud, es todo. Hacía años que no escribía algo más que un mail. De repente, pomodoro a pomodoro, sentía ese dolorcito único en la mente, placentero, prometedor, propio de quien sale a correr al parque tras años de sofá y TV.
Traduje todos los ensayos con mucha menos necesidad de improvisar de la que me imaginaba originalmente. Eso sí, tenía muchas, muchas ganas de opinar. Me moría de ganas. Tobias opina cuando escribe y la opinión, si es interesante, casi siempre genera opinión. Fue así como se me ocurrió la idea del anexo tendencioso. Anexo implica una ligazón, una dependencia absoluta con un algo. Ese algo sería el ensayo. Luego, algo es tendencioso cuando se manifiesta con parcialidad hacia una cierta tendencia o idea. Quise volcar, sin un análisis demasiado sesudo ni pretendida neutralidad, lo que me venía a la mente después de leer a Tobias. Fue en ese momento cuando pensé, relajando por fin los músculos de la cara como antes de sonreír, que tenía un libro entre manos.

Allegro popolare

Solo faltaba una cosa: el título. Traté de explicarle tanto a Tobias como a Hillary las distintas acepciones que podía tener el people del título original. “Gente”, “pueblo” o “popular” pueden resonar muy distinto en cada individuo. A “El scrum de la gente”, tal vez traicionado por mi origen argentino, lo descarté rápidamente, harto del abuso mediático que suele hacerse de ese sustantivo. “El scrum del pueblo” ya estaba un poco mejor. Tobias disfrutaba de la connotación protopolítica del término, pero yo no veía la relación directa entre ambos conceptos. “Popular” es una palabra mucho más polisémica que las otras y eso me encantaba. Disfruto de los términos que se desdoblan en interpretaciones que a su vez encuentran sus respectivos caminos.
“Popular” puede perfectamente interpretarse como algo relativo al pueblo, así que el primer paso lo dábamos con el pie derecho. La idea de pueblo no estaba mal, pero le faltaba potencia. Entonces llega un nuevo significado: “propio de las clases sociales menos favorecidas”. Ya empezábamos a dar en el clavo. Conociendo a Tobias como lo conozco, su obsesión es la capa más baja del tejido corporativo. Lo que en Argentina llamaríamos “el laburante” (sí, lo pensé, “el scrum del laburante”, pero la idea es cruzar fronteras con estas ideas) constituye el objeto de sus propuestas. El trabajador raso es, desde mi punto de vista, una clase en sí misma ¿Desfavorecida? De eso se trata el libro al fin y al cabo.
La historia de las acepciones no termina ahí. Habrán notado ya como, a lo largo de todo el libro, nos referimos al framework en cuestión como “scrum“, claramente con minúscula ¿Ya les dije que me gustaba lo grandilocuente, no? La primera vez que leí el término escrito de este modo pensé, sin titubeos, que Tobias es nuestro humilde Prometeo. Listo, scrum es nuestro, Tobias lo robó. Lo único que necesité hacer fue avivar un poco el fuego.
Es cierto que “popular” tiene una última acepción que parecería tirar todo lo anterior por la borda. El scrum que buscamos no es aquel que persigue obtener popularidad, ser el más elegido, ganar la carrera. Pero nada se descarta, todo se aprovecha. Este significado nos da pie para darle una nueva vuelta al término y poder afirmar, abrazando plenamente las contradicciones y complejidades propias de las ideas que valen la pena, que el verdadero scrum popular será, al menos en un principio, eminentemente impopular.

Coda

No estoy seguro sobre qué tipo de lector se encontrará con estas líneas. No sé si será el experto o el recién llegado. No sé si será el escéptico o el defensor a ultranza. No sé si será oprimido u opresor. Lo único que espero es que al terminar de digerir este texto, ese lector imaginario pueda cerrar los ojos y sentir, con una tímida sonrisa, que el próximo lunes las cosas tendrán que cambiar, pase lo que pase.

  1. Ingrid Astiz

    Alan, un placer encontrar este fragmento, de relato de experiencia y reflexiones vivas. Cansada estoy de “las cajitas” (el frustrante intento de querer explicar demasiado) y tu texto es como una corriente de aire fresco. Con el especial cariño que siento por vos: te felicito.

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